jueves, 6 de noviembre de 2014

Sin salida

Frío, soledad, amargura, agobio. Ladrillos, pintura, luces. Teatros, cines, playas. Viajes sin regreso, trenes sin destino.

Nadie nos ha preparado para esto. Encerrados en cajas de cemento sin ningún objetivo otro que salir de ellas. Pero no podemos, no queremos. La partida ya ha empezado y nosotros, peones, nos dirigimos uno tras otro a un final predestinado.

¿Qué hemos hecho para ser hijos de un mundo como este? Herederos del tiempo, no adquirimos otra cosa que no sea un paso más hacia ese final en el que miraremos de reojo hacia atrás y veremos la insignificancia de la vida.

Hasta ese día nada ha sido tan importante como eso que estás a punto de alcanzar con tus manos. Mirarle a los ojos y decir: "has tardado demasiado". "Soy difícil de encontrar", como respuesta. Huraña. Desconocida, pero familiar, te he visto por la calle en ojos de otro, en risas de la gente mientras te paseas por la Gran Vía madrileña. No te escondas, estoy a punto de cogerte; no queda nada.

Ilusión, entusiasmo. Sigues corriendo sulfurada. Te alejas. ¿Por qué? No lo sé. Ningún momento como ese. Te bajas del coche, coges el autobús. Y te vas. No volverás. Solías tener miedo a las alturas, y llegado tan alto no hubo otra opción que tirarse.

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