La primera y única vez que viajé a Venezuela desconocía a dónde
me llevaban mis padres. Tenía tres años y, como aún me ocurre a
mis dieciocho, el simple hecho de subir a un avión era motivo
suficiente para convencerme de viajar sin emberrinchar demasiado. Una
vez ya en la capital, Caracas, acompañaba a mi padre a diario calle
abajo para comprar el pan. Con la inocencia y curiosidad
características de tan corta edad, observaba todo lo que sucedía a
mi alrededor y, en un momento dado, no pude resistirme a decir “esta
gente está muy loquita, papá”, refiriéndome a los borrachos que
estaban durmiendo en plena acera. Podéis pensar que esto también
ocurre en España tras una larga noche de fiesta, nos tiramos en la
calle y “a dormir la mona un poco”, pero no. Venezuela no es
España, ¡más quisieran ellos! Y es que esos hombres que yo vi por
la calle siendo tan solo un renacuajo, conforman uno de los muchos
paisajes característicos del país sudamericano, asolado por la
pobreza gracias a un solo hombre, Hugo Chávez, presidente electo,
ahora sí, de la República Bolivariana de Venezuela.
“República”. Es una buena forma de enmascarar lo que ha sido
desde sus inicios una dictadura, comenzando esta con el golpe de
estado de Chávez en 1992 contra el gobierno de Andrés Pérez y la
cual sigue vigente hoy en día en manos del vicepresidente, Nicolás
Maduro, gobernante en funciones del país debido al grave estado de
salud del presidente. Los medios de comunicación no hacen otra cosa
que remitirnos la información de la que disponen al otro lado del
Atlántico pero, ¿es esto verídico? No. Como muy bien expone Diana
Calderón en este artículo, solamente los medios privados informan
de lo que sucede realmente, pues los demás han sido absorbidos por
el gobierno, el cual los manipula a su gusto y antojo para que el
resto del mundo conozca únicamente lo estrictamente necesario.
Venezolana de Televisión, VTV, Telesur, Aporrea.org son
algunas de las cadenas informativas ahora propiedad del gobierno tras
su nacionalización y son también las que consume el pueblo
clasificado como “rojo”, los conocidos allá como “chavistas”,
que apoyan las actuaciones y decisiones de Hugo Chávez. Por otro
lado, los que se decantan por la oposición, encabezada por Henrique
Capriles, consumen otros medios de índole privada, tales como El
Nacional, El Universal y
Noticiero Digital.com que, como
bien indica Calderón, “sobreviven con cierta independencia”
ajenos a la ideología que quiere implantar el gobierno, rozando el
comunismo.
Referido a esto último, fue
implantada hace no mucho una ley por la cual cualquier casa que
estuviera deshabitada por cualquier motivo, ya fuese por su condición
de segunda residencia o por un viaje temporal de los propietarios,
podría ser intervenida por el ejército, pasando esta a ser
propiedad de cualquier otra familia que la necesitase. Se puede
pensar que es una medida que favorece a la sociedad; darle un techo
bajo el que vivir a quien no lo tiene. Sin embargo, por el otro lado,
¿qué derecho tiene un gobierno para expropiar a su pueblo? Personas
que han trabajado para tener esa casa, ahora se ven sin ella. Lo
lógico sería pensar que se construyeran edificios de protección
oficial para las clases más desfavorecidas, pero esto es algo que ni
se plantea en el país latino.
A estos problemas, hay que sumarle
el incremento en los precios de productos de primera necesidad, tales
como leche, pan, harina o medicamentos. Los supermercados venezolanos
sufren desde hace años, y en época de crisis aún más, un profundo
desabastecimiento fruto de las altas tasas de las importaciones o
mismo por culpa de los impuestos establecidos por el régimen
chavista, existiendo así un gran número de familias que dan gracias
por llevarse un pedazo de pan a la boca. Por la otra banda, la clase
alta, denominada popularmente “burguesía”, goza de los lujos
que, debido a su condición de país caribeño, ofrece Venezuela.
Playas, fiestas, hoteles de lujo, embarcaciones privadas... están
disponibles únicamente para una ínfima parte de la población.
Riqueza-pobreza. Las dos caras de la moneda.
En cuanto a la sanidad, uno de los
pilares básicos de cualquier estado, ha sido privatizada, quedando
la gran mayoría de la población a merced de “las vírgenes del
Valle, la Pastora, la Coromoto o la Chinita”. Como cita Diana
Calderón en su artículo, estas santas son las que se encargan de
rezar por la salud del dirigente bolivariano, que está siendo
tratado en Cuba contra el cáncer. Irónico. ¿Es posible que incluso
la sanidad privada venezolana sea tan mala que Chávez tiene que
acudir a clínicas extranjeras?
Dice la autora que “todo es dinero
en Venezuela”, y razón no le falta. Hablando de medicamentos,
podemos encontrarnos con dos tipos: los “regularizados”, que el
estado pone a disposición del pueblo, y el resto, de una notable
mejor calidad que los anteriores. Hablando de cifras, unas simples
pastillas para la diabetes valen diecisiete veces más si no están
regularizadas, pero su principio activo es mucho más efectivo que el
de las ofrecidas al pueblo llano. Y es así, muy pocos se pueden
permitir tratamientos adecuados a su enfermedad debido al estado de
pobreza que padecen.
“Dinero y política. Libertad de
expresión y activismo. Patria o muerte. Palabras que no deberían ir
juntas en Venezuela se mezclan peligrosamente. […] Hablar del
matrimonio gay o del medio ambiente se cobijan en un solo nombre:
sexobiodiversidad.”
La realidad actual del país
caribeño es que mientras el partido chavista siga en el poder, este
seguirá cayendo en picado. Quizás la muerte del dirigente
venezolano sería la solución a todos los males. Nunca se le desea
la muerte a nadie pero... quién sabe.
Rubén Garrido.